Golpea
suavemente la puerta con los nudillos tres veces. La madera se abre, dejando a
la vista el rostro de un hombre que se vuelve estupefacto y no puede creer lo
que tiene frente a sí.
Eva
lleva puesto un vestido de coctel negro con largo por encima de la rodilla,
zapatos de tacón altos y su cabello rubio platino lacio como la seda. Le regala
una de sus sonrisas más seductoras y ambos entran al departamento tras haberse
saludado con un beso en las mejillas.
-Por
favor, ponete cómoda –dice Alejandro, con su voz perdiéndose en la cocina.
El
departamento es pequeño. Eva observa dos sofás puestos frente a un televisor de
pantalla plana, mesa ratonera dispuesta en medio de los tres objetos, y una
mesa grande en el extremo del ventanal. Las dos bibliotecas están abarrotadas
de libros que pueden ser tanto de abogacía como de economía. Ella se sienta en
uno de los sofás y cruza sus piernas. Acomoda en bolso en la mesilla.
-¿Te
apetece un poco de vino? –pregunta Alejandro sin aparecer. Se escucha una
botella siendo descorchada.
-Por
supuesto –responde Eva.
Alejandro
vuelve trayendo dos copas de vino tinto. Se acomoda junto a la mujer y sin
darse cuenta, recorrer el cuerpo de ella con la mirada, pensando en lo
deslumbrante que se ve. Le ofrece una de las copas y enciende dos cigarrillos.
Viceroy.
-Malbec
–adivina Eva saboreando el vino.
-El
único que de verdad disfruto –comenta el hombre.
La
copa baila entre los dedos de la mujer, y puede verse una marca de labial
rosado en el borde. Sus largas piernas se mecen suavemente, dejando a Alejandro
hipnotizado. No puede evitar apoyar una de sus manos en la rodilla de Eva,
acariciando la sedosa piel hasta la mitad del muslo.
Eva
alza una ceja dubitativa y resopla. Apenas ha dado un sorbo al vino o calada al
cigarrillo. En cuanto se percata de ello, se lleva el cigarrillo a la boca y
fuma sensualmente.
-Aún
no puedo creer que hayas aceptado venir. -Dice Alejandro, y luego de unos
minutos de silencio continúa:- no tengo nada de especial y en la oficina hay
quienes ganan o lucen mucho mejor que yo.
-Por
favor, no se trata de eso. ¿Crees que soy una mujer superficial? –le reprocha
haciendo una mueca juguetona.
-En
absoluto lo creo, Eva.
-Quiero
que me cuentes –comienza ella girando y pegando su cuerpo a la espalda de
Alejandro- quién es esa mujer tan bonita que sale en las fotos de los cuadros
en las paredes.
Alejandro
le echa un vistazo a las fotografías. Muchas son demasiado viejas, él tenía 15
o 16 años en la mayoría de ellas. En prácticamente todas sonríe y está
acompañado de una muchacha un poco más joven que él, con el mismo cabello
oscuro y los ojos castaños miel. En una se abrazan rodeados de un mar
profundamente azul; en otras están haciendo caras graciosas mientras cada uno
lee un libro diferente.
-Esa
chica que ves es mi hermana, Virginia. Le llevaba dos años y en esa época,
teníamos 14 y 16 cada uno. La que sacaba casi todas las fotos era siempre mi
mamá.
-¿Seguís
teniendo esa buena relación que parece que tenían? –indaga Eva. El rostro de
Alejandro se mantiene impasible.
-Virginia
y mi mamá murieron un par de años después de que la última foto se sacó.
–Señala una a donde él está vestido con traje y su hermana le está tapando los
ojos, parada en puntas de pie-. Volvían de Mar del Plata cuando un auto chocó
contra el suyo en la autopista. Mi papá estaba tan triste que, un año y medio
después, se les unió. No lo culpo, yo estuve a punto de hacer lo mismo.
La
mujer masajea con sus finos dedos la espalda de Alejandro y deposita besos en
su cuello. Es la tranquilidad que ella le transmite la que le incita a
continuar.
-Adoraba
a Virginia porque éramos muy diferentes. Casi nunca nos soportábamos, pero la
quería. De no ser por Ceci, mi novia de ese momento –Alejandro se sonroja un
poco cuando comienza a hablar de ella- yo no estaría acá.
Eva
vuelve a servir las dos copas, a pesar de que la suya no se ha modificado.
Alejandro bebe todo el contenido de una vez.
-Ceci
me hizo ver que no valía la pena desperdiciar mi vida por algo que fue
inevitable para mí. Terminé mis estudios y me recibí de contador, que es lo que
hago ahora.
-¿Por
qué contaduría? –pregunta Eva masajeando sus manos, haciendo presión en las
yemas cansadas de apretar botones.
-En
realidad, a mí no me gusta lo que hago. Pero mi papá era contador, y crecí
viendo y sabiendo cómo hacer su trabajo. Cuando llegó la hora de elegir, fue
bastante fácil. Además de que tenía el negocio de mi papá y él iba a ayudarme.
Lamentablemente, en el medio de mi carrera falleció y heredé todo lo que él había
construido.
Alejandro
cierra los ojos y se deja llevar por las manos de Eva. “¡Qué mujer!” piensa en
ese momento.
-¿Confías
en mí? –pregunta ella susurrando en su oreja. Toda su piel se eriza.
-Sí-sí
–balbucea a modo de respuesta.
Escucha
como Eva sirve dos copas más, y esta vez, ella toma con él tras brindar con una
sonrisa.
En
cuanto ve como se acaba el vino, Eva se da cuenta que no tiene tanto tiempo.
Alejandro comienza a adormecerse. Saca su teléfono celular y marca el número de
su madre. Mientras escucha cómo su hermana sufre
de problemas conyugales y que se le
debería dar una mano porque es
demasiado joven para divorciarse, se levanta y toma su bolso.
Echa
un vistazo antes de abandonar el departamento y no detecta ninguna señal de que
su presencia ha estado allí.
Cierra
la puerta, dejando a un hombre en su último suspiro y una copa con una marca de
labial rosado.
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