Su cabello ondulado vuela con
suavidad aunque el frío le congela el cuello. La bufanda que lleva no cubre lo
suficiente, es demasiado fina. Sonría de forma discreta en cuanto su amigo deja
de verla. Sin embargo luego se quita demasiado rápido y se delata.
Ambos saben, todos saben. Pero no
están dispuestos a admitirlo. No quieren perderse uno a otro y esas miradas
coquetas que ella le envía a veces, o esas canciones que él suele dedicarle
anónimamente, demuestran que sienten amor uno por el otro. Sin embargo, no
pueden. Son demasiado tímidos, demasiado cohibidos en el amor.
Ella siente el frío cuelandose
por sus caderas y se lamenta de no haber llevado una chaqueta que le abrigue
más de la que ya tiene puesta. Están sentados tranquilos en un parque cerca de su
casa. No hace falta que diga nada, él coloca su chaqueta sobre los hombros de
ella y mira hacia abajo.
La chaqueta es caliente y huele a
chico y a cigarrillo. Nadie puede verlos a donde están, ocultos bajo el gran
árbol. Nadie más que el viento caprichoso que trata de unirlos. Trata de que él
se incline sobre ella para mantener el calor que emana de sus cuerpos, pero
ellos se rehúsan. Prefieren verse a escondidas, prefieren mantener su amor en
secreto.
El miedo al rechazo es fuerte,
opinan quienes saben.
Ella suspira y el sol cae
lentamente. Él piensa en oportunidades. Está a punto de decirlo, de confesar su
amor. De hacer de ella el amor de su vida definitivo…
Pero no sucede. Tiene las
palabras en la punta de la lengua. La conoce tan bien que sabe que ella dirá
que siente lo mismo por él, más algo lo detiene. Ella se está parando. Se quita
la chaqueta de su amigo y tiende su mano para indicarle que se levante con
ella. Él, le hace caso.
Comprende porque ella ha
reaccionado de esa manera, es de noche. Sabe que su madre va a retarle si no
llega a la hora indicada, y odia que su madre se enoje con ella. De modo que él
es caballeroso y niega su propia chaqueta, a pesar de que está helado hasta los
huesos. Ella lo nota.
Toma su mano y el corazón les
late a mil por hora. Él sabe que ella está tan helada como él mismo. Rechaza su
mano y desliza el brazo por su hombro, a un lado de la fina bufanda. Ella
sonríe y él siente que su mundo se ilumina de una manera no antes conocida.
¿Quién es ella y por qué tiene una reacción así? No es la primera, de eso está
seguro. ¿Quién es ella que le pone de tan buen humor, que le cambia los
sentidos, que lo vuelve débil y sentimental?
Su ángel.
Es bien conocido que nunca se
dicen una palabra. Es más, él cree que no se han dicho nada desde que se
conocen hace casi un mes. ¿Pero como lo hacen? Se ven por ahí. Misteriosamente
él sabe todo sobre ella y ella sobre él. Cuando estarán en sus casas y cuando
no, como se sienten cuando están felices o tristes. Él no conoce su voz y ella
la de él. Es algo que les deprime a quienes los ven pero no a ellos. Viven en
un mundo de fantasía que han creado a partir de los sentidos.
Caminan hasta la casa de ella
despacio, meditando todo el tiempo. Sonriendo para sí mismos y con las palabras
en la punta de la lengua, pero jamás hablan, como es de saberse.
Su madre le ha estado esperando.
En cuanto ella la presiente. Se gira y mira a su compañero, a su amigo. Reza
para que su madre no le esté controlando desde la ventana. Son tiempos duros y
la inseguridad de la madre siempre se refleja en las actitudes que tiene con la
hija.
Se detienen en la puerta de su
casa, pequeña y acogedora. Ella revisa que la madre no le espíe. Entonces se da
vuelta hacia él y con más rapidez de la imaginada deja un beso en sus labios, llenándolos
de brillo labial pegajoso y con sabor a frutilla. Le toma por desprevenido, de
modo que casi no sabe qué hacer. Entonces recuerda cómo reaccionar y no deja
que se valla.
De repente ella es todo lo que él
necesita.
La toma entre sus brazos y continúa
el beso. Es pequeño pero consistente. Sus labios se mueven con suavidad. Pero
deben irse. Tienen familias que los esperan y tareas que hacer y vidas que
vivir.
Ambos desean que ese momento dure
para siempre.
Y lo hace. En sus corazones, en
sus sentidos, en su mente. Recordarán aquel momento porque ha quedado guardado
en sus labios, en su piel. Nadie se enterará de lo sucedido, porque saben que
no hablarán de ello más que consigo mismos.
Se sonríen. Entonces ella se da
la vuelta y parte hacia su casa. Quién sabe si se verán otra vez.
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